No me gusta salir
Hace muchos años, demasiados como para todavía acordarme, cuando vivíamos con mis abuelos, en ´la casa Amarilla’ en el Sauzal.
Recuerdo mis tíos, todos, siempre fueron aventados, temerarios, como buenos Zacatecanos, uno de ellos Filiberto, se fue a los 14 años a Denver en busca de Rafael, otros lo siguieron, los más chicos que se quedaron no era menos atrevidos.
Todos los días eran de risa, fiesta, pleitos con vecinos, armaban carros tipo avalancha para jugar carreras en una bajada cerca de la casa, salían a cazar pájaros al monte, o pescar al muelle, e invariablemente cuando iba con ellos, volvía cuando no espinado, raspado, golpeado, machucado y cansado, y eso que apenas era media mañaba y debíamos aun ir a clases.
Fui el más débil del grupo, incluso mi hermano me llevaba (y hasta la fecha) en estatura, era más intrépido en trepar arboles piedras y capturar lagartijas, perdía en casi todo, aunque recuerdo, Ismael y yo eramos los de las ideas. A veces decidía no acompañarlos, no me gustaba salir, sobre todo cuando a mi tío Pancho le regalaron una caja con libros y revistas. Prefería leer.
Recuerdo en particular la vez que subimos un cerro, bueno una miserable loma, en la que, se divisaba el poblado del sauzal completo, y estabamos todos ahí arriba cuando uno de mis tíos, Arnulfo creo, gritó ‘vieja el último en bajar’ y a correr medio mundo.
Desde chico siempre me gustó correr y en competencias atléticas que a veces hacían en la primaria, en velocidad siempre terminaba en segundo, ‘el polito’ era el número uno, imbatible, lo mismo en ´la trais’; pues ese día de la bajada, corriendo cuesta abajo no medí los riesgos y de pronto me di cuenta que mi cuerpo era algo fuera de mi control, que mis piernas daban un paso tras otro y cada vez más amplios, las leyes inmutables de Newton haciendo su trabajo.
Con las manos, la cara, espalda y las rodillas raspadas fui a dar a la base de la loma, pude ver entre maromas que todos apenas venían a medio cerro, nadie rió esa vez ante mi caída, tal vez creyendo que me había matado, más tarde me lavé la cara en un arroyo, nada, no me pasó nada salvo rasponsitos.
El miedo a perder o a ganar ha sido desde siempre una de mis debilidades, sobre todo cuando hay que competir con más fuertes, me he cuidado de no destacar, pero también he cuidado de no ser el último de la fila, pienso he caído en la mediocridad aunque no lo veo así.
Con el tiempo poco a poco aprendí a cuidarme mejor, y sí, tuve muchas peleas de las que salí bien librado, perdí incluso varias; no obstante pienso que debí romperme un hueso, dejarme atacar por un perro, o nadar en aguas turbulentas, pasar al menos una noche en el hospital, tengo pocas cicatrices, solo una digna de mencionar, me volví demasiado cuidadoso para dejar cosas al azar.
Pero aun es largo el camino, hay muchas cosas nuevas que explorar, que disfrutar, he aprendido que la vida es una carrera de resistencia, no de velocidad. Todavía hay cosas nuevas bajo el sol.
Sin embargo, aquella soleada mañana mientras descendía del cerro, no pensaba en ganar, sentí sobre mi esa fuerza superior que nos mueve, que nos lleva, que asusta y la dejé fluir, mientras caía y dejaba trocitos de piel en la grava, pensaba, por lo menos esta vez gané y reí en lugar de llorar.