Es invariable que cada vez que me pongo a escribir en domingo por la tarde acabo escribiendo algo triste o melancólico; a pesar, que vengo de una alegre fiesta en donde pude saludar a viejos conocidos, amigos y familiares, donde me percaté que los mayores tenemos mucho que aprender de los niños.
Pudiendo escribir sobre urbanismo, de las piedras que colocan mal en los cimientos de los edificios, las calles de en un solo sentido sin sentido, árboles que dan sombra y desvían el viento de manera equivocada; no, escribo sobre ese dolor en el estómago que parece hambre pero no lo es, lo conozco bien, es el dolor de los domingos solitarios sin nada que hacer, sin tener a quien contarle que la vida apesta.
Eso es lo que tenemos que aprender de los niños, a no ver atrás y correr siempre al siguiente juego, ver con ilusión cómo un globo se eleva al cielo y desaparece y no pensar que al llegar a la estratósfera se reventará y desaparecerá para siempre, para los niños el globo, sube y sube hasta el infinito.
Puedo concentrarme en mi trabajo sobre notas rojas; en mi dispersa tarea de normas legales en arquitectura, las presentaciones de análisis e instalaciones, pero nada de eso me impide pensar que todos los atardeceres son tristes.