
Pienso en todo ese tiempo que paso con Italia, que la observo cuando duerme, cuando me levanto en la madrugada en que llora y en momentos en que la pienso en su guardería, en las fiestas, en el parque con Lorena, o las tardes con su abuela; y se pasan las horas, los días, los meses y los años, ya son dos, mientras mis pinceles y mis textos y mis huesos se empolvan.
Sin embargo no siento que pierda el tiempo, ni me duele que todo lo que pienso pintar, dibujar o escribir o estudiar, no lo escriba ni lo pinte ni lo dibuje, y a veces no estudie lo que debería; y no porque espere que la niña me dé o de alguna manera me retribuya ese espacio que paso con ella, esos minutos los paso con ella sin remordimiento hasta cuando se enoja y no puedo razonar con ella que no hay razón para tal berrinche, aunque a veces logro que entienda.
A ratos pienso en lo que soy, en cómo se dieron las cosas para estar parado o sentado donde estoy, y llego a la conclusión que mucho de lo que soy, la mayor parte se lo debo a mis padres, de alguna manera sé que les tomó mucho tiempo, dinero y esfuerzo educarme y no tengo cómo agradecer eso, aunque en el fondo sé que educando a Italia puedo retribuir una parte y eso intento.
Por lo pronto me enoja un poco que perdió en el tenis Maria Sharapova. Qué se le va a hacer.