Todas las navidades...


Voy a imaginar por un momento que la navidad existe, que puedo remontarme a aquella casa de madera negra donde la mañana del 25 de diciembre abríamos los regalos que mis papás ponían debajo de la almohada de cada uno de mis hermanos.

Recordaré el gusto que me daba pensar que alguien desconocido nos regalara cosas, que San Nicolás venía desde un lugar donde había nieve en un trineo cargado de regalos y a cada niño del mundo le daba uno, no importaba cuantos niños fueran había regalos para todos.

Puedo aún oír el sonido del papel de regalo rasgándose, la alegría de romperlo por el ansia de ver lo que había dentro, abrirlo y percibir el y el olor del plástico que envolvía a los soldaditos, los monos, las pistolas de corchos, los relojes con alarmas, la tan ansiada bicicleta, los cuadernos de dibujo, los lápices, las libretas; todas las navidades, toda la ropa, todos los zapatos; todos esos regalos que conservo en un lugar privilegiado en mi memoria.

Voy a recordar también cuando un americano le regaló a mi Tío Arnulfo una bicicleta amarilla con negro impresionantemente brillante, que feliz llegó andando en ella, recuerdo que salí corriendo a ver al ‘gringo’ que se la había regalado, pero solo alcancé a ver un pick up blanco que se alejaba, ni trineo ni barbas blancas, creo que me dio más gusto saber que la gente normal también regalaba cosas en el tiempo de los días fríos.

Que emocionante era ver el pino de Doña Guillermina, nuestra vecina, con su casa tan grande y bonita, alfombrada y siempre caliente, con su arbolito en la gran ventana lleno de regalos de todos tamaños, me daba gusto también pensar que alguno de esos regalos era para mí y mis hermanos, que la mañana de navidad, nos llamaba por la barda de la enredadera y nos lo entregaba. Que días aquellos.

Quiero recordar los días que íbamos a dejar flores a la iglesia, con la helada brisa empapándonos al caminar el procesión por las calles de El Sauzal, pero no importaba, había algo mágico a oír cantar a la gente con tanta emoción que el frío quedaba olvidado.

Aun siento escalofríos al percibir algunas veces el olor de los claveles mojados que por un buen rato llevábamos para ofrecerlos a la Virgen. Que decir cuando nos recibían, quienes cantaban desde dentro de la iglesia, y nos daban chocolate caliente con pan.

Lo que por más que hago el intento por recordar, algo amargo de aquellos tiempos, trato de buscar algún dolor, algo malo, pero no encuentro nada más que tranquilidad, felicidad, el calor de la olla de los tamales de todos allí encerrados en la casita negra, esperando la navidad.

No sé en que momento crecí, en que momento perdí toda esa felicidad, de dónde llegó la tristeza y la melancolía y cierta aversión por estos días. Tal vez cuando intuí y me di cuenta que no todos los niños recibían regalos, cuando supe que por más gente bondadosa y buena que regala cosas, nunca es ni será suficiente.

Cuando supe que en algún rincón hay alguien que como yo, perdió muchas navidades. O algún niño muere de hambre y de frío y solo en sueños recibe un regalo.

Así que no puedo imaginar que la navidad existe, porque existe, la prueba porque todos aquellos días son estos días, y todas mis navidades son una sola. Y si por un momento puedo hacer que alguien al despertar mire debajo de su almohada y encuentre algo aunque sea un pensamiento. Volveré a creer.

Feliz Navidad y felices fiestas.