MARTHE







Marthe es la musa de un pintor prolífico. La conoció una tarde mientras ambos caminaban por la playa. Ella le sirvió de modelo por 25 años antes de casarse, y por otros 20 ya después de casados. Inspirado en ella, pintó escenas sexuales inverosímiles para la época.

Él le era completa y masoquistamente fiel, y ella lejos de ser una musa sacada de un libro de cuentos, era una arpía neurótica que le hacía la vida imposible al pintor y amigos que lo frecuentaban.

Marthe no sabía nada de pintura, ni de arte, hablaba sólo para herir y reclamar, estaba hecha para ello, y solo se paraba frente al pintor y posaba sin gracia. Ni siquiera sabía cocinar.

La obsesión del pintor por ella era un misterio. En realidad era el recuerdo del placer en la intimidad, de las escenas vividas o imaginadas por el artista, y la manera en que las parejas que se conocen de años se familiarizan uno con el cuerpo del otro, la sensación de que el ojo, la imaginación y los otros sentidos participan en todos los secretos.

El pintor, decidió que Marthe nunca envejecería, y cuando ella era una anciana, él seguía pintándola bella, jóven y lozana con un ecuerpo de 30 años, como la conoció cuando se enamoró de ella.

Hasta el último día ella permaneció apartada, apática, distante, ensimismada y con el pintor observándola, disolviéndola en luz, reconstruyéndola en color y aún despúes de muerta, él, ya viejo, aún la miraba en la bañera, en la cocina con su mala comida, poseyéndola en la distancia una y otra vez.

El pintor murió hace muchos años, nadie lo conoce, nadie sabe como era, y en sus cuadros, Marthe sigue siendo venerada a través de él.