Así de mal está el mundo.
Dos de la tarde, calle Reforma atestada de automóviles, el calor del verano por fin se hizo sentir con fuerza. Mi acompañante Renato, que volvía del trabajo, yo, de perder el tiempo en el hospital general, me riñe por hacer lo contrario que hacen todos los conductores que es acelerar cuando el semáforo cambia a amarillo.
Al estar esperando, de pronto un hombre con un trapo se acerca y sin decir nada se pone a pasarlo por el cofre de mi empolvado auto, es una persona imposible, que con afanosidad y hasta desesperación pasa la franela sobre la lámina.
Miro a los ojos al individuo, tardo unos segundos en hacer contacto, y le hago una seña casi imperceptible con la cabeza, que no lo limpie, tal vez avergonzado o enojado el hombre se retira, no puedo distinguir sus sentimientos; quién puede descifrar que pasa por la mente de un hombre de ropas cafés de suciedad, con un abrigo equipado para el peor invierno a esta temperatura.
Renato me recrimina en silencio, puedo sentirlo en eso que flota en el ambiente entre dos personas que se conocen de hace años y han pasado momentos difíciles.
Podría apelar a lo que llaman “buen corazón”, ser un buen vecino del mundo, ser agradecido con los dones que, _si no la vida, el trabajo, mi esfuerzo y la misma providencia_ puso con esos pesos en mis manos y destinarlos al alimento de ese hombre, o ya por caridad darle un pago por el servicio que si bien no es solicitado él me presta. Pero no, no soy así, no tengo el alma caricativa.
Puedo saber que, aunque empleara todo mi dinero de la semana, no podría yo darle bienestar a ese ser, dado que mi situación tampoco es halagadora, y varias bocas dependen de mi ajustado salario.
Tal vez alguna mujer en una colonia alejada de la ciudad busca algo que comer o algo útil en un depósito de basura, lo hace con rapidez, con pena, con el dolor de la prisa porque dejó solos y llorando de hambre a sus hijos pequeños; el hombre con el abrigo chamagoso ayudaría a alimentar a esos pequeños hambrientos que andan desnudos en una casucha con piso de tierra, no lo sé, no soy todopoderoso ni vidente para saberlo.
Es a lo mejor egoísta pensar que soy el único facultado para dar alimento a los pequeños, que en casa me esperan, y a la mujer que con diligencia limpia mi ropa y prepara mis alimentos, pero hasta el día de hoy así ha sido. Y no espero en lo que me resta de vida que eso cambie.
Según la biblia, el Señor llama bienaventurados a todos los que están afligidos por alguna causa y, de modo particular, a quienes están verdaderamente arrepentidos de sus pecados.
Un fuerte dolor en mi bajo vientre me estremece mientras avanzamos por la avenida que se ve eterna llena de autos entre la reververancia del calor.
Algunas calles adelante, durante la espera en otro semáforo, por el lado de la ventana del copiloto, se acerca otra persona, él tiene una mirada fija, sonriente, - un iluminado-, pienso. Da una bendición antes de iniciar su discurso aprendido de memoria o tal vez genuino, brotado del fondo de su ser calmo.
Pide ayuda para un centro de rehabilitación... vuelvo a decir no, “en otra ocasión” esta vez uso palabras; también se aleja, serio y sonriente a la vez nos desea un seco “buen día, que Dios los bendiga hermanos”.
Renato, ya casi molesto a pesar de ser él tan religioso, hizo el ademán de sacar dinero y puse mi mano en su antebrazo y lo detuve.
Imagino en un segundo a la persona que antes miré a los ojos manzanas atrás, y veo claramente la escena de la avenida Reforma a vista de pájaro y veo el panorama completo y vuelvo a pensar que verdaderamente el mundo está mal.
La seriedad de mi acompañante por mi renuencia a ayudar, murmura algo que incluye las palabras “inhumano y egoísta”, la fuerte punzada vuelve a estremecerme mientras le digo:
- En una cuadra alguien limpia autos para drogarse y en la otra alguien recolecta dinero para rehabilitarlo, lo único que puedes hacer es rezar por ambos.
Y ya no dice nada en todo el camino.
Puedo entender que así como en la oscuridad la pupila en el ojo se dilata para después de un tiempo empezar a ver claro, el alma en desgracia se dilata y en un tiempo se encuentra a Dios. Eso le pasó a Renato.
Atardece ya, cuando bajamos en nuestras casas, mi vecino levanta su mano en señal de adiós-gracias y se aleja apesadumbrado a la suya donde nadie lo espera, salvo su biblia.
Y qué hacemos nosotros que compramos frijol con piedras que, juntas pesan toneladas, nosotros simples mortales de la periferia cuyos problemas sin solución son vivir en una casa milimétrica, la falta de agua potable que a veces sale con aire, lo caro del gas y la gasolina, encima pagamos impuestos al comprar cosas y al cobrar por nuestro trabajo.
Qué somos quienes a duras penas pagamos nuestros recibos, quienes somos víctimas de esa medicina deshumanizada en que se ha convertido el sistema de salud público plagado de irregularidades e idiosincrasia, con muertos andantes sindicalizados encargados que no pueden quitarme ni saben qué es este dolor que me quema el vientre.
Con todo ello encima, cómo distinguimos los bienaventurados de los arrepentidos...
Pienso esto antes de entrar a casa, donde como todos los días nadie sale a recibirme; todos están dentro viendo las telenovelas.
-Fin.
Fotografías:
Alex Zepeda "Reforma"
Sergio Castillo "La Búsqueda".