Que días aquellos, en los que el viento arrastraba hojas secas, y la penumbra de la tarde caía poco a poco, pesada, lenta; y el humo de un cigarrillo desaparecía en el aire, y como las hojas sin voluntad se iban para no volver más. Esos días y otros más quise salir a buscarte. Hallar el largo camino de regreso a casa.
Que lejos quedó todo aquello, cuando el frío calaba en la piel reseca, en la que se podían hacer dibujos, temblabamos al igual que las hojas amarillas que llenaban las calles y banquetas, hasta la respiración dolía y quise que todo se fuera, que todo dentro se vaporizara. Sentir de poco el desvanecimiento.
Pudo haber sido un error volver, siempre hubo poco tiempo para arrepentirse, aunque pocas cosas duelen como volver a empezar; juntar piezas rotas y desecharlas, porque jamás sabes a que perteneció qué. Quién vino y quién se fue, o quien solo ya no regresó.
Los días de las noches largas, la poca luz y el poco calor y el mucho tiempo para estar despierto en la oscuridad, con los pensamientos martillando dentro. La agonía de saberse equivocado.
Para qué recordar, qué ganamos con saber, a dónde nos lleva el dolor; es mejor la evocación de una sonrisa, un suspiro que se hace brisa, tener lo que nos hace no pensar, pero saber que siempre habrá un nuevo amanecer.
Los mejores días vienen otra vez.
Que lejos quedó todo aquello, cuando el frío calaba en la piel reseca, en la que se podían hacer dibujos, temblabamos al igual que las hojas amarillas que llenaban las calles y banquetas, hasta la respiración dolía y quise que todo se fuera, que todo dentro se vaporizara. Sentir de poco el desvanecimiento.
Pudo haber sido un error volver, siempre hubo poco tiempo para arrepentirse, aunque pocas cosas duelen como volver a empezar; juntar piezas rotas y desecharlas, porque jamás sabes a que perteneció qué. Quién vino y quién se fue, o quien solo ya no regresó.
Los días de las noches largas, la poca luz y el poco calor y el mucho tiempo para estar despierto en la oscuridad, con los pensamientos martillando dentro. La agonía de saberse equivocado.
Para qué recordar, qué ganamos con saber, a dónde nos lleva el dolor; es mejor la evocación de una sonrisa, un suspiro que se hace brisa, tener lo que nos hace no pensar, pero saber que siempre habrá un nuevo amanecer.
Los mejores días vienen otra vez.