| Sólo espero no haber perdido alguno de mis Yo, aunque unos de ellos aburren, es de temer que al no tener nombres propios no puedan tener una reconciliación con el mundo, o al menos una leve noción del porqué estan ahí. Disimulo. En el fondo, hay algo parecido a la luz, algo que a veces duerme por semanas enteras, algo por tiempo tan nocivo que no sé como llamarle, que no ilumnina pero pero proyecta sombras como en una tarde oblicua en un paisaje egocéntrico. Silencio. El síndrome de la búsqueda de verdad instantánea, que ante el reconocimiento de lo indeleblemente breve que es, no da tiempo de acercarla entre uno de los plieges de un Yo superior. Vacilación. Excluyendo a la muerte, habrá algo más claro y auténtico que Estar, resucitar el sliencio de la dicha, como un labio que se rompe al pasar tanto tiempo callado, y vacilando al borde de la noche, atragantarse de sonido al pronunciar un nombre. Altivez. Aunque es aveces más importante el deseo de impresionar, de aturdir las conciencias ajenas, poseemos la necesidad de reconocer en los rostros ajenos la incredulidad, de hacer que el prójimo crea lo que realmente no cree. Aún y con todo es a veces mejor hablar, sentir dos o más sentimientos juntos, como a un milímetro de distancia y desdeñando el privilegio del susurro, del casi rezo, gritarlo y sentir el desgarre, ver el sobresalto de aquellos que languidacen, y sin decirlo, gritar a sus oidos, las cosas por su nombre. Egoísmo. |