Y A LO QUE SIGUE...


 





Ya después de una pausa algo filosa, y con algo a punto de derrumbarse, cerca de un sulfuro tristemente cristalino y ante todo un halo positivo, es que me pregunto... ¿Qué venía yo a hacer a este lugar?, ¿escribir?, ¿para mi? ¿para ella?, ¿para quién?, ¿para qué?

Como sea, la vida es así, sigue...

***

Un jueves de diciembre, cruzando una calle ajetreada, me dí cuenta. En  el pavimento un charco me devolvió una imagen terrible de mi. Dolió. A pesar de haber pasado otras tantas veces por ahi, de haber jugado con gatos, corrido con perros, haber puesto alguna vez un perico sobre mi hombro nunca me percate de lo mágicos que son los animales, de lo imponente que es ir sobre un caballo. Esa era la imagen que el reflejo, por una fracción de segundo me devolvió desde el suelo, fue la impresión que tuve, la de montar...

Cómo pude sospechar que aquella cucharada de miel de olivo, aquel pan de ajo o el vino tinto y el mismísimo café tuviesen tanto significado para un pobre imbécil como yo, que a costa de besar días y más días solo, esparciendo pintura sobre una superficie límpida, ya de pie, ya sentado, ignorando y con un montón de basura a un lado, pensando cosas inútiles, o escribiendo necedades; me hube perder las cosas exepcionales que la vida ofrece.

Las medias noches desperdiciadas en el club de las pláticas sin sentido o los razonamientos vanos que me obligaron a apartarme una y otra vez de mi propio comportamiento; y todo en aras de la sufrida creatividad, del disfrute de la culpable delicia de ser diferente uno y otro día...

No obstante, sé quien soy, y también obedezco las señales, la del recato, la paciencia, el perdón, arrepentimiento, venganza,  lealtad; pero cuando la luz se pone en verde y en parpadeo te dice avanza y al estar parado en medio de la calle, montado, algo nubla tu voz, la vista enmudece a la par que los pies callan; y sangras hacia adentro.

Sin embargo, hay días como ese jueves, que es por demás. No obedezco y no obedezco.

Pregunto. ¿Cómo es que nunca antes se me ocurrió ir por la calle en zig zag? cruzando de una orilla a la otra evitando los reflejos, será que... como muchas otras veces, tuve miedo de lo que pensarían los demás. Siempre tuve miendo, hasta en ese día en que el claxon de una camioneta blanca y una señora con un sombrero de plumas enfurecida me decía: ¡Muévete muchacho! y quise hablar, decirle que algo mio estaba en el piso, y no podia levantarlo y llevármelo, pero como muchas otras veces (todas) sólo sonreí y sin más segui caminando callado.