RANCHO VARGAS

para nosotros no existió "el coco", ni el hombre del costal, ni las brujas, ni vampiros, ni hombres lobo, a lo que había que temer en aquel entonces era a las serpientes y a los coyotes, unas de día, los otros de noche

La señora Mercedes Vargas, doña Meche, junto a Fredy y Jorge Martínez,
al fondo puede verse el huerto. 

Interminable se me hacía el camino por donde llegaba Chencho cada tarde. Íbamos a esperarlo a los corrales que estan pasando el arroyo, le ayudabamos a contar y separar las vacas, recuerdo doña meche bautizó a cada una con un nombre y tenían personalidad, eran diferentes.

Cómo olvidar los olores del rancho, los sonidos de esos días en que amanecíamos con el canto de los gallos y dormíamos con el de las lechuzas.

Al despertar había que lavarse la cara y las manos, porque el desayuno estaría listo de un momento a otro; los frijoles refritos con queso fresco, el huevo estrellado, las tortillas de harina, el vaso de leche, aún tibia, que don Enrique ordeñaba cada mañana.

Un día entero para mí solo, con mi único hermano en aquel entonces, y Juana; Chencho se iba antes del amanecer con las vacas. Y teníamos horas enteras para jugar, pensar, hablar y escuchar radio en inglés; me divertía oír todas esas inentendibles palabras, recorrer toda la frecuencia, oíamos también "la rancherita", el incomprensible horóscopo; ¿cómo puede alguien saber como va a estar mi día si todavía no ocurre? me preguntaba. O cómo es que nos enterábamos de cosas por el radio si estabamos en un rancho, en medio de la nada.

Mi mejor pasatiempo era escuchar el beisbol, visualizar las jugadas, también  imaginar qué había más allá de los cerros, mas allá de San Vicente, mas allá del mar de mi recuerdo.

Me gustaba ir con mi hermano a cortar naranjas al huerto, aunque le temía un poco al "colorado", un gallo agresivo que más de una vez dejó picoteado a mi hermano, al igual que los zancudos, que a mi nunca me picaron, el gallo no se me acercaba. Subir la escalera para alcanzar las naranjas más altas y grandes, ver los árboles del huerto desde lo alto era divertido. Pasábamos horas en el huerto.

De los años vividos en el rancho, recuerdo el canto de los pájaros en la mañana, el olor de la tierra mojada cuando llovia y jugábamos a escribir en el suelo; los cerros quemarse en el verano y el aullar los coyotes por las noches.

Esperábamos con ansia a Chencho porque nos traía hierbas, no sé de dónde, ni de que tipo eran, lo que sé es que las pisábamos y hacían un ruido como de maíz de palomitas al abrirse, era divertido ser niño, era divertido no tener miedo de nada.

De niños, para nosotros no existió "el coco", ni el hombre del costal, ni las brujas, ni vampiros, ni hombres lobo, a lo que había que temer en aquel entonces era a las serpientes y a los coyotes, unas de día, los otros de noche; fue toda la maldad que conocí. No había gente mala rondando, ni gritos, ni peleas, sólo pájaros, caballos, y vacas, alguno que otro perro. A nuestro alrededor solo había vacío y silencio. Tuvimos una niñez tranquila.

Salíamos de noche, mi hermano y yo, a hacer "pipi" al baño que estaba algo lejos del edificio principal, nos quedábamos jugando un rato afuera, sin temor a lo oscuro, con las estrellas brillando, no las recuerdo tan nítidas como en aquel tiempo.

Los cerros, "mis cerros", están aún ahí, las mismas ondulaciones a pesar de los años, me pienso afortunado y puedo hablar de niñez feliz; con el sabor de las las tunas, las sandías, la carne de puerco, las tortillas, la leche, el queso, las naranjas, las lentitud de las vacas, las formas en las nubes, la tierra caliente, el sol brillante, la lluvia y el arroyo, el olor de las jaras, las pacas de alfalfa, los adobes, todo era perfecto, rústico, simple, el brillo de los interminables campos de trigo, dorados y siseantes y su olor que arrastraba el viento me daban una inmensa sensación de libertad..

En las noches los grillos, el olor de la flor de azahar, la brisa, la guitarra de "Panchillo" y las canciones en la fogata. Las pláticas de los mayores, las fiestas y las visitas y las estaciones de radio que me hacían vislumbrar un mundo más allá de los cerros, mas allá de San Vicente, sólo me torturaba el recuerdo de la primer vez que vi el mar, vivo, azul interminable en el mirador de Ensenada, ese recorrido desde mi pueblo natal, en Zacatecas, hasta aquí está guardado en mis primeros recuerdos.

Así, hay veces un sonido, un sabor, un olor me transporta a aquellos tiempos, donde serenos pasaban los días, allá en el Rancho Vargas...